Gastronomía & Vinos

Mendoza íntima: Arquitectura, fuego y Malbec de altura

Publicado: 24 de Octubre, 2024•Por sellertrade Editorial•8 min de lectura
Hileras de vides con hojas otoñales y cordón del Plata al fondo

En el Valle de Uco, la cordillera no es un simple telón de fondo; es el origen de cada gota de agua de deshielo y del suelo aluvial calcáreo que define los grandes vinos de Argentina.

Durante las últimas dos décadas, Mendoza experimentó una revolución silenciosa. Lejos de las bodegas monumentales de estilo neoclásico que predominaron en los años noventa, hoy los proyectos más elogiados se integran con discreción en el paisaje árido del piedemonte mediante hormigón a la vista, piedra bola local y techos vivos de flora autóctona.

1. Gualtallary y Altamira: el mapa del terroir

A más de 1.200 metros sobre el nivel del mar, las noches frías y la intensa insolación diurna obligan a las cepas a concentrar aromas sin perder una acidez fresca y vibrante. En parajes como Gualtallary o San Pablo, el Malbec abandona la mermelada y la madera pesada para dar paso a notas de grafito, tiza, hierbas silvestres y frutos negros austeros.

Visitar a pequeños productores permite entender la vinificación en huevos de cemento y ánforas de arcilla, métodos ancestrales que rescatan la pureza de la uva sin interferencias de roble nuevo excesivo.

La Mesa Cuyana

El maridaje ideal va más allá de la carne: busca verduras de huerta mendocina asadas al rescoldo, empanadas de lomo cortadas a cuchillo con cebolla de verdeo y quesos de cabra curados en las sierras.

2. El ritual del fuego argentino

Comer en una bodega de autor no es una experiencia apresurada. El almuerzo mendocino suele extenderse durante cuatro horas. Cocineros formados en las grandes capitales han regresado a la provincia para reinterpretar las técnicas criollas: cocciones a la cruz con madera de quebracho y sarmientos de vid podada que impregnan el ambiente de un perfume inconfundible.